La época solidaria

Quería cambiar la forma de trabajar, pero también el lugar. África y Oriente Medio eran prioritarios. Otras zonas de Asia, quizá. México. Salió la oportunidad de irme con EFE allí. Cuando estaba a punto de viajar, vi una oferta de trabajo de Médicos Sin Fronteras que implicaba viajes permanentes a emergencias humanitarias, pero con base en Barcelona. Me presenté y me contrataron, aún me pregunto por qué. Tenía 29 años y abrí un nuevo capítulo de mi vida en el que ya no publicaba noticias en un medio de comunicación, sino que seguía a equipos humanitarios y visitaba países como Sudán del Sur, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Siria, Filipinas, Uganda, Sierra Leona, Liberia, Líbano, Jordania, Turquía, México… 

Aprendí cómo trabajaba una organización humanitaria de primer nivel. Se despertó mi pasión solidaria. Relacioné culturas, sistemas políticos. Conocí a la que se convirtió en mi compañera de viaje y vida, Anna Surinyach. Me fijé en algo que había cubierto desde el principio: los movimientos de población, y sobre todo la huida de los conflictos. Viajé y lo conté muchas veces con Surinyach. Defendí mi tesis doctoral sobre Tagore en Barcelona. Me subí a un barco —a varios barcos— de rescate de Médicos Sin Fronteras en el Mediterráneo. 

Pero echaba de menos la adrenalina de las coberturas periodísticas. Escribir en medios de comunicación. Decidí que necesitaba otro cambio. ¿Y si esta vez no dependiera de un medio de comunicación o de una organización humanitaria? ¿Y si esta vez pudiera cambiar las reglas de cómo y dónde contar lo que pasa? ¿Y si esta vez tuviera un proyecto propio, con otros compañeros y compañeras?

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