Nací en El Prat de Llobregat (Barcelona) en 1983. En casa no teníamos muchos libros, pero una antología poética de Lorca —tapa verde, editorial Orbis, el libro de mi vida— y otra de Machado me convencieron de las propiedades mágicas de la escritura.

Recuerdo teclear mis primeros poemas con la Olivetti Lettera 32 de mis padres, también verde; la tengo justo a mi lado, mientras escribo estas líneas.

Pregunté quién obraba la magia, quién escribía, me dijeron que el periodista —o al menos esa fue la idea que asimilé—, y decidí que sería periodista. Ajeno aún a las diferencias entre la realidad y la ficción —entre la realidad escrita y la ficción escrita, que es lo que nos interesa—, me di cuenta un tiempo después de que no solo había gente que escribía en los diarios, sino que encima lo hacía desde lugares lejanos e interesantes. Todavía no sabía lo que era un corresponsal, un enviado especial o una cobertura periodística, pero ya intuía que eso era lo que me gustaba.

Arrastrado por esa idea romántica —y falsa— del oficio, quizá un poco exótica, decidí estudiar Periodismo, pese a la oposición tibia de profesores y familia. Empecé la universidad en 2001, unos días después del atentado del 11-S, que marcaría mi carrera profesional. Hice los dos primeros años en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) mientras leía crónicas de guerra cada semana y novelas y poemas cada día. Ya colaboraba con medios locales: las revistas Onada de cultures —entrevistas culturales, ensayos, poemas— y Delta —política municipal, reportajes sociales—. El tercer año de carrera me fui de intercambio a la University of California, Santa Barbara (UCSB), donde estudié literatura norteamericana del siglo XIX, el sistema político de Estados Unidos y las guerras de Oriente Medio. A veces me preguntan por qué firmo “Agus Morales”: la respuesta está en California. En UCSB colaboré con el diario universitario Daily Nexus, pero al editor se le cruzaron los cables cuando vio mi nombre, “Agustín Morales”, y decidió escribirlo mal: “Augustin Morales”. Como todo el mundo me llama siempre Agus, el siguiente reportaje lo firmé así: “Agus Morales”. El editor volvió a meter la u (“Augus Morales”), pero decidí que aquella sería, de todos modos, mi firma a partir de entonces.