La pandemia de covid-19 no fue del todo desconocida para mí. Enseguida me trajo a la mente la epidemia de ébola en África Occidental que viví de cerca en 2013-2015, tanto en Liberia como en Sierra Leona. Cuando el coronavirus llegó a mi casa, a Barcelona, me dije que, ahora que una crisis humanitaria llegaba al lugar en el que vivía, sería hipócrita no cubrirla. Fue lo que hice, sobre todo empujado por la fuerza de Surinyach, que no dejó de presionar hasta que entramos al primer hospital para cubrir la pandemia. Trabajamos sin descanso durante semanas, con reportajes y fotografías. Publiqué un libro de todo aquello: Cuando todo se derrumba. Aquellos días nos cambiaron a todos —aunque no queramos recordarlo.
5W llegó a su punto álgido. Cubríamos lo que estaba lejos pero ahora también lo que estaba cerca, y mucha gente se enganchó a la revista. Compaginé mi labor en 5W con las clases como profesor asociado en la UAB —la universidad en la que estudié— y con colaboraciones en medios como Rac-1, TV3, Cadena Ser, Gatopardo, La Sexta… Seguía cubriendo migraciones y refugio, crisis humanitarias, giros políticos. Cerró la sección en español de The New York Times, así que colaboré con la de The Washington Post, que también cerró. No siempre soy tan cenizo.
Llegó otro cambio, el más importante, pero esta vez no era profesional. Surinyach y yo tuvimos una hija, Nur. Pero el mundo seguía girando. Los talibanes volvieron al poder en Afganistán. No podía creerlo. Había cubierto la guerra afgana, había cubierto la muerte de Bin Laden en 2011, seguía en la distancia todo lo que pasaba en la región… así que era un momento histórico que quería contar. Surinyach y yo decidimos cubrirlo juntos, como siempre. No pasó nada, volvimos sanos y salvos, pero Nur, que se había quedado con los abuelos, se enfermó aquellos días. Decidimos que no lo volveríamos a hacer. No por su bronquiolitis. Sino porque no podíamos arriesgarnos a que nos pasara algo. Desde entonces, hacemos las coberturas por separado. Pero nuestra vida íntima en común sigue.
Quería dedicarme a Nur, sabía que la paternidad requería mucha dedicación y tiempo, así que había decidido, de forma preventiva, dejar un par de libros preparados para publicación. El primero fue el citado Cuando todo se derrumba, dedicado precisamente a Nur. El segundo era la novela que llevaba escribiendo desde los 18 años y que nunca acababa de escribir: Ya no somos amigos, cuyo título original era uno más indio, Panchayat. Allí se condensan las imágenes, los deseos y el humor de tantos años de mi vida, y de otras vidas que me imaginé. Por fin publicaba la postergadísima novela. Fue importante para mí. No fue importante para los demás, entre otros motivos porque su promoción nació maldita desde el principio. La presentación de la novela en Barcelona, a la que acudieron queridísimos amigos y amigas, lectores y lectoras, coincidió con un evento geopolítico que cambió el mundo.
Y que había que cubrir.