Morir

Llega mayo. Todas tus amigas y amigos se enamoran y asistes al derrame desconsolado de lágrimas a causa de las competiciones deportivas. Las del Barça, aunque yo sea culé, no me parecen interesantes. Voy a pararme en las de un club de fútbol que este año ha ganado la Copa del Rey y casi desciende a segunda división: el Espanyol.

No es lo mismo entrar en el cielo que librarse del infierno. Coro marcó en el partido de la final y en el partido que salvó al Espanyol. La primera fue una celebración estival y la segunda nocturna. La Copa vino como un regalo, como algo a lo que puedes aspirar pero que no tienes claro que te merezcas. Las lágrimas eran de felicidad sostenida, cerebral, como no pudiendo creer algo que, en realidad, era previsible una vez llegada la final.

Las lágrimas de la salvación son más mercuriales. No había más que ver a Tamudo. No hay ninguna felicidad en ellas, sólo un abismal alivio, como quien va a caerse por un barranco y logra subir a pulso hasta la tierra firme, con las manos ensangrentadas. No hay en esto ninguna apelación divina, ningún agradecimiento a los dioses. No se mira al cielo; se mira a la tierra, donde se vierte el agua de los ojos.

Son lágrimas de arrepentimiento. Dolorosas y reales. Las otras son de mentira. Nadie ha ganado nunca ninguna Liga, ninguna Copa. Nuestras vidas transitan por la tabla de primera división, sin acceso al cielo: como mucho con opciones a una UEFA imposible, que es cuando echamos algún polvo que vale la pena. Un día bajamos la guardia y por poco caemos en el pozo de segunda, pero nos salvamos por los pelos y sentimos un alivio narcótico inenarrable. Eso será lo único que recordaremos. Al día siguiente, nos falla el corazón, morimos y nos entierran en segunda. Para siempre.

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